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Penal

 


“¡Penal! ¡Penal para Argentina! A un minuto del final. Es la oportunidad de Argentina de consagrarse campeón del mundo. Fue penal sin duda. López está siendo atendido dentro del área. Él árbitro le saca tarjeta roja a Harris. No cabe otra. Vemos al director técnico hablar con Benítez, sin duda dándole instrucciones para patear el penal. Parece que hay algún problema. El delantero está discutiendo con el entrenador y no se dirige al punto del penal. Se acercan varios jugadores para hablar con él. Parecen estar tratando de convencerlo. Benítez se aleja y varios lo toman de la camiseta. Ahí vuelve. Si señores, Benítez camina hacia el punto del penal. Enfrenta al arquero Stone. ¡Penal para Argentina!”

 

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—Dásela para que lo pateé otro. Yo no puedo.

—Cómo que no podés? —le preguntó el entrenador—. No digas boludeces. Sos el mejor pateador de penales del mundo. ¿De qué tenés miedo?

—No me preguntes. Por favor hacé que otro pateé. Yo no lo voy a hacer.

—¿Estás loco? No seas boludo. Por contrato tenés que hacerlo. Además, con este van a ser cien penales seguidos sin fallar, y eso te convertiría en el jugador del mundial. Dale andá. No podemos perder esta oportunidad.

—¿Qué te pasa? —le preguntó Giovanni el wing izquierdo.

—No puedo hacerlo. Por favor patealo vos que lo haces mejor que yo.

—Nadie los patea mejor que vos. ¿Estás loco?

—No puedo, ¡No puedo!

Comenzó a caminar hacia un costado del campo y Giovanni lo tomó de la camiseta.

—Si querés arruinarte la carrera es un problema tuyo, no nos cagues a nosotros.

Benítez se detuvo. Miró a Giovanni directamente a los ojos. No dijo nada y se dirigió hacia el arco inglés. Mientras se acercaba podía ver a Stone parado entre los palos. Se miraban a los ojos. Se detuvo en el punto y pisó la pelota.

Eric Stone. Había rezado para no tener que encontrarse frente a frente con él. Siempre se había preguntado si podría hacerle un gol. Y ahora tenía la oportunidad, de la peor manera posible. Cara a cara. Nuevamente uno contra el otro.

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El silencio después del bombardeo parecía peor que el ruido ensordecedor. A lo lejos podía ver los acorazados ingleses. ¿Comenzarían a bombardear de nuevo? Miró alrededor y llego a la conclusión de que no lo harían. Lo que quedaba de la playa estaba cubierta de cráteres y soldados muertos. La idea de que horas antes habían sido sus compañeros era difícil de asir. Los pocos que aún estaban con vida estaban demasiado agotados como para seguir luchando. Podía verlos tirados en el piso, muchos ya sin sus armas. Los ingleses estaban del otro lado de la playa, cerca de los árboles.

Sabía que tenían que rendirse. No pudo ver a ningún oficial cerca, ni vivo ni muerto. Sacó un pañuelo blanco del bolsillo y lo ató al caño del rifle. Lo levantó y lo agito en señal de rendición. Escuchó los disparos y se tiró sobre la arena. Tardó unos minutos en recuperarse. ¿No había rendición? En las películas siempre los soldados se rendían. 

“¡Gurkas!” pensó. “Son Gurkas. Mercenarios que matan o mueren. Para ellos no existe la rendición.” Recordaba los comentarios del loco Hernández. “Si te agarran los Gurkas cagaste. Cobran por enemigo muerto. Cuantos más matan más cobran.”

Recordó que Sulanski tenía unos largavistas. Podía verlo a unos metros recostado contra un montículo de arena, con la mirada perdida. Se arrastro hasta él.

—Sulanski. Prestame los largavistas.

Sulanski lo miró sin verlo y no contestó. Vió los largavistas tirados sobre la arena a un costado y los tomó. Volvió a su puesto y con mucho cuidado se asomó para poder observar al enemigo.

Al principio solo vio cascos y uniformes. No había movimiento, pero estaba seguro de que estaban atentos. Por fin pudo ver dos que hablaban entre ellos. No eran ingleses. Eran de piel oscura y ojos rasgados. Mirando con atención pudo ver que todos eran iguales.

Gurkas. Sin duda eran Gurkas. Si el loco Hernández tenía razón eso significaba matar o morir. Quedaba la alternativa de huir. ¿Hacia donde? Esta maldita isla parecía un desierto. Solo pasto y ovejas. Y lluvia y frío. Sin comida ¿hasta donde podría llegar?

Cerró los ojos y trató de recordar su vida. Su familia, su novia. Todo parecía borroso, como si hubieran sido parte de la vida de otra persona. De la suya lo único que podía recordar era hambre, frío y miedo. La muerte debía ser más agradable que estar aquí tirado en la arena esperando la próxima explosión. ¿Lo extrañarían? Creía que sí. Sentía que la vida fuera de ese infierno seguía como siempre. Pero ya no podía recordar esa vida. Trató de ver la cara de su novia y lo único que venía a su mente era a los Gurkas esperando para matarlo en cuanto hiciera algún movimiento. Las alternativas eran esperar sin moverse hasta que el hambre, el frío y el sueño lo vencieran, o tratar de atacar con la esperanza de que la muerte fuera rápida y sin dolor.

Tomó el rifle, pero no sacó el pañuelo atado. Puso un cargador completo, uno de los tres que le quedaban, y metió los otros dos en el cinturón. Lo miró a Sulanski como sintiendo la necesidad de despedirse de alguien. Pero parecía dormido, o quizás ya muerto y en paz.

Se puso de pie y disparó una ronda directamente hacia los soldados enemigos. Le pareció ver dos que caían, pero no estaba seguro. Corrió a toda velocidad, o a la velocidad que la arena en sus botas le permitía, hacia los árboles. Escuchó disparos y se arrojó al piso. Sintió las balas incrustarse en la arena a su alrededor. Tomó un respiro y sonrió. Se sentía bien. Era la primera vez desde su llegada a las Malvinas que sentía que estaba haciendo algo. Se le escapó una risa y nuevamente se puso de pié y corrió. Disparó una ronda y se quedó sin balas. Siguió corriendo y veía cada vez más cerca a los soldados que le disparaban. Dejó caer su rifle, pero siguió corriendo. Sentía fuerte su risa, o llanto, ya no estaba seguro de qué era.

Tropezó con una rama y cayó. Su cara estaba cubierta de arena, pero no sentía dolor. Con la vista nublada por la arena y las lágrimas miró al enemigo que se acercaba. Ya no sentía ni miedo ni frío ni dolor. Solo cansancio. Levantó su cuerpo y quedó sentado sobre las piernas. Veía los soldados Gurkas que se acercaban apuntándole con sus armas. Hablaban entre ellos, y a pesar de sus escasos conocimientos del inglés, supo que estaban hablando en otro idioma.

Entonces pudo recordar. Recordó la cara de Lucía. La cara que sabía nunca más iba a ver. Recordó la vida que nunca más iba a tener. Sus padres, sus estudios, su contrato con el Racing Club. Todo un futuro que ya no existía. Y lloró abiertamente. Esto parecio divertir a los soldados que lo rodeaban. Uno le pegó una patada en la espalda, y rieron aún con más fuerza. El que parecía ser el líder se acercó y sacó una pistola de su cinto. La cargó y le apuntó a la cabeza. Cerró los ojos.

Pero en lugar del disparo sintió un grito. Un grito que si pudo reconocer era en inglés. Nunca olvido las palabras. Stop! What the fuck are you doing?” Los Gurkas se alejaron. Pudo ver al grupo de soldados ingleses que hablaban con ellos. Discutían acaloradamente. Podía ver que estaban enfrentados y que los Gurkas no obedecían a los recién llegados. Más por los gestos que por lo que oía, pudo entender que los mercenarios querían matarlo y los ingleses querían evitar que lo hicieran. La discusión subió de tono y el Gurka que había estado por dispararle empujó con fuerza al soldado inglés que lo había detenido. El soldado cayó al piso y el mercenario tomó nuevamente su arma y caminó hacia Benitez apuntándole a la cabeza. El joven cerró los ojos y escucho un disparo. Pero al abrirlos nuevamente lo que vió fue al soldado inglés con una pistola en la mano y al soldado Gurka en el piso, a sus pies, muerto. El resto de los Gurkas bajaron sus armas y se alejaron. El soldado que había disparado guardó su arma y caminó hacia él. Le dio una mano y lo ayudó a ponerse de pié. Lo revisó para ver si tenía más armas y lo tomó del brazo ayudándolo a caminar hacia el bosque.

Lo que pasó después nunca pudo recordarlo muy bien. Lo interrogaron, pero parecían más preocupados por su estado que por la información que pudiera darles. Lo alimentaron y lo abrigaron con una manta. El soldado que había detenido a los Gurkas estuvo cerca de él la mayor parte del tiempo. Hablaba algo de español y con esfuerzo pudieron entenderse. A cambio de haberle salvado la vida le pidió que no contara nunca lo que había sucedido ese día. Con pocas palabras y una mirada de agradecimiento se comprometió a cumplir la promesa. Antes de que lo enviaran como prisionero a uno de los acorazados le preguntó al soldado inglés su nombre. “Eric Stone” le contestó.

 

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Benítez caminó hacia la pelota. Miró al arquero parado frente a él. Su cara no expresaba nada. No había vuelto a verlo desde la guerra. Pero sabía que tarde o temprano se enfrentarían. ¿Qué sentía su rival? Tomó la pelota y la apretó entre sus manos, más para hacer tiempo que por otra razón. Entonces Stone le sonrió. No se movió de su lugar, pero le sonrió. No parecía pedirle ni reprocharle nada. Solo le sonreía. Dejó la pelota en su lugar y tomó carrera. La pateó despacio y directamente a las manos. Se quedó quieto unos instantes mirándolo. Sabía lo que vendría después, las críticas, las disputas, las amenazas. Sintió a sus compañeros que lo rodeaban y no le importó. Le devolvió la sonrisa a Stone. Se dio vuelta y caminó lentamente hacia el centro de la cancha.

 

 

 

 

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