—¿A qué hora lo vio por última vez?
—A eso de las ocho y media.
—¿Dónde?
—En su oficina. Desde la puerta lo pude ver sentado en su escritorio.
—¿Está seguro de que era él?
—Totalmente. La luz estaba apagada, lo que me llamó la atención, pero estaba trabajando en la computadora y la luz de la pantalla le iluminaba la cara. “¿Trabajando tarde?” Le pregunté, pero no me contestó. Iba a repetirle la pregunta, pero me di cuenta de que estaba en otra, así que me fui.
—¿Tiene alguna prueba de los horarios?
—Si, a las diez estaba en casa cenando con mi esposa e hijos, y antes de eso pasé un rato por el bar de Pepe para charlar con los muchachos. El fútbol, ¿sabe? Puede preguntarles.
—Si. ¿Desde cuándo lo conoce a Gémez?
—Mmmmm, seis o siete años. Desde que entró a trabajar con nosotros.
—¿Qué sabe de él?
—No mucho. Es del interior, pero no tiene familia, se vino para Buenos Aires cuando quedó huérfano. Pibe extraño, callado, trabajador, hincha de Racing, pero casi no habla de fútbol. Soltero, pero alguna vez nos contó algo de su novia, contad...
—¿Su novia? ¿Sabe algo de ella?
—No, una vez nos mostró una foto. Un minón, perdón, linda chica.
—¿Sabe su nombre?
—Adriana me parece, no lo recuerdo bien.
—¿Apellido?
—Supongo
que sí, yo no lo sé.
—No se haga
el gracioso, esto es grave.
—¿Por qué? ¿Qué
pasó?
—¿No lo
sabe?
—Si lo
supiera no se lo preguntaría.
—Desapareció.
—¿Cómo que
desapareció? Si anoche yo estuve con él.
—Lo
sabemos, por eso está acá.
—Ah, es
cierto.
—¿Qué más sabe?
—No mucho,
es contador, y la persona de confianza del jefe.
—Del
Ingeniero Iglesias.
—Si.
—¿Cómo sabe
que era de su confianza?
—Porque
desde que llegó desplazó de sus puestos a Martínez y a Álvarez, y echó a
Gorosito y Méndez.
—O sea que
ascendió hasta llegar a ser el hombre de confianza de Iglesias.
—Exacto.
—Y me
imagino que ninguno de ellos le tiene mucha simpatía.
—¿Simpatía?
Creo que si alguno de ellos se lo cruza lo ma...
—¿Qué iba a
decir? ¿Lo mata?
—Noooooo,
iba a decir lo manifiesta, que le manifiesta su antipatía.
—Vamos
Diéguez, no soy idiota, iba a decir “lo mata”.
—Si, pero
es solo una expresión. No lo matarían realmente, creo.
—No
importa, ya podrán defenderse ellos por si mismos.
—Esteee,
si, seguro.
—¿Tiene
algo más que agregar?
—Nooo,
salvo que...
—¿Qué?
—Bueno, que,
por casualidad, por comentarios de pasillo. sabe, me enteré que la empresa anda
muy mal, que está al borde de la quiebra. Parece que parte del capital
desapareció misteriosamente de las cuentas bancarias.
—Mmmmm. Y
si esto fuera así, ¿quién tendría la información exacta?
—El
Contador Gémez.
—Que
misteriosamente desapareció. ¿Alguien mas tiene acceso a esas cuentas?
—El
Ingeniero Iglesias.
—Que nos
llamó a nosotros en una crisis de nervios y contrató a una de las agencias de
detectives mas caras para que encuentren a Gémez.
—Si, y lo
conozco desde hace casi treinta años y sé que es una persona absolutamente honesta.
—Bueno, muchas
gracias por su ayuda Contador Dieguez. Si necesitamos algo lo volvemos a
llamar.
—Gracias a
usted comisario, estoy a su disposición.
—Hola,
¿cómo está Ingeniero? Arnaldo Diéguez.
—¿Qué tal
Arnaldo, ¿cómo anduvo todo?
—Al pelo.
¿Está usted solo?
—Si, nadie
nos escucha.
—OK, todo
salió como planeado. La policía ya sospecha que se escapó con la plata. Cuando
Gémez regrese del viaje al que usted lo mandó y encuentren quinientos mil
dólares en su cuenta en Estados Unidos, no lo salva ni Dios.
—¿Y el
resto de la plata?
—Como
arreglamos. Cuarenta millones en un banco en las Islas Caimán. No me costó
mucho imitarle la firma.
—¿Y lo
tuyo?
—Todo
listo. Un millón de dólares en mi nueva cuenta y el puesto de contador en jefe
en la empresa de su hermano.
—Todo listo
entonces.
—Todo listo
ingeniero. ¿Cuándo sale?
—Mañana
mismo.
—Buen viaje
ingeniero. Vaya tranquilo que yo me ocupo de todo acá. espero que alguna vez
nos volvamos a ver.
—No lo
creo, pero nunca se sabe.
—No, nunca
se sabe.
—American
Airlines buenas tardes.
—Si, buenas
tardes. Quería sacar un pasaje para las Islas Caimán. primera clase, solo ida.
—Cómo no
señor, ¿su nombre?
—Arnaldo
Diéguez.
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