—¿A qué hora lo vio por última vez? —A eso de las ocho y media. —¿Dónde? —En su oficina. Desde la puerta lo pude ver sentado en su escritorio. —¿Está seguro de que era él? —Totalmente. La luz estaba apagada, lo que me llamó la atención, pero estaba trabajando en la computadora y la luz de la pantalla le iluminaba la cara. “¿Trabajando tarde?” Le pregunté, pero no me contestó. Iba a repetirle la pregunta, pero me di cuenta de que estaba en otra, así que me fui. —¿Tiene alguna prueba de los horarios? —Si, a las diez estaba en casa cenando con mi esposa e hijos, y antes de eso pasé un rato por el bar de Pepe para charlar con los muchachos. El fútbol, ¿sabe? Puede preguntarles. —Si. ¿Desde cuándo lo conoce a Gémez? —Mmmmm, seis o siete años. Desde que entró a trabajar con nosotros. —¿Qué sabe de él? —No mucho. Es del interior, pero no tiene familia, se vino para Buenos Aires cuando quedó huérfano. Pibe extraño, callado, trabajador, hincha de Racing, pero casi no h...